El sol abrasador teñía el cielo de un rojo intenso mientras un grupo de niños reía a carcajadas, persiguiéndose alrededor de las chozas de barro. No había pantallas ni juguetes caros, solo polvo, sonrisas y un sentido de libertad que parecía infinito.
Mientras tanto, en una gran ciudad española, entre bloques de pisos y calles abarrotadas, un adolescente revisaba su móvil por enésima vez, buscando notificaciones que nunca llegaban, sintiendo una soledad aplastante en medio de la multitud. La paradoja es brutal: en un mundo hiperconectado, la desconexión emocional es abrumadora.
Es curioso cómo el confort material no garantiza la paz interior. De hecho, en muchas ocasiones parece hacer justo lo contrario. La ansiedad, la tristeza y la depresión han alcanzado niveles importantes en las sociedades más desarrolladas. Mientras que en comunidades como la de los masáis, en África Oriental, conceptos como depresión o suicidio son prácticamente inexistentes. ¿Cómo es posible que, teniendo tanto, haya millones de personas que se sientan tan vacías? ¿Qué saben ellos que las sociedades del denominado primer mundo han olvidado?
una epidemia de tristeza
En las sociedades industrializadas, la tristeza y la ansiedad se han convertido en compañeros constantes. La Organización Mundial de la Salud ha alertado sobre el aumento alarmante de casos de depresión y suicidio en todo el mundo. Según el Observatorio del Suicidio en España, quitarse la vida por voluntad propia es la primera causa de muerte no natural entre los españoles, registrándose 11 suicidios de media al día.
La soledad crónica y la desconexión emocional son síntomas comunes en ciudades abarrotadas de gente. Parece contradictorio, pero el aislamiento social crece al mismo ritmo que las conexiones digitales. La tecnología, pensada para acercar, ha terminado por alejar más que nunca.
El acceso a la tecnología ha creado adicciones que pueden derivar en aislamiento.
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No es solo la tecnología. El estrés laboral, la presión económica y la sobrecarga de información crean un cóctel explosivo que es complicado de gestionar. Se ha vendido la idea de que el éxito se mide en función de logros económicos y reconocimiento social, lo que genera una espiral de competencia y frustración.
Las redes sociales agravan el problema al mostrar una versión idealizada de la vida, generando comparaciones dañinas y expectativas inalcanzables. La búsqueda de la validación externa se ha vuelto obsesiva, dejando un vacío interior difícil de llenar.
¿por qué los masáis no se deprimen?
Mientras en las sociedades modernas hay que lidiar con una epidemia de tristeza, los masáis parecen vivir en un oasis de estabilidad emocional pese a que tienen muchos menos recursos. Esta comunidad de África Oriental mantiene un estilo de vida tradicional y una fuerte cohesión social.
William Kikanae, líder masái y fundador del Adham Project, comentó a a la psicóloga Ana Asensio que en su comunidad "no conocen la depresión y tampoco existe el suicidio, no se matan". Enferman y mueren por causas naturales. Siguen el ciclo de la vida y eso es "un dato objetivo".
Este contraste podría deberse a una percepción diferente de la salud mental o, quizás, a una verdadera ausencia de estos problemas. Aunque es arriesgado idealizar su estilo de vida, resulta interesante analizar los factores que podrían estar protegiéndolos de la ansiedad y la depresión.
LA SATISFACCIóN NO SE ENCUENTRA EN LO MATERIAL
Resulta irónico que, teniendo más comodidades que nunca, muchas personas se sientan emocionalmente vacías y desconectadas. Se suponía que los avances tecnológicos y el confort material harían más felices a la gente, pero han traído consigo un sinfín de preocupaciones adicionales. Por lo tanto, la acumulación de bienes materiales no se traduce en satisfacción emocional, sino en una sensación de vacío existencial.
Asensio contó a Saber Vivir que "no hemos sabido hacer uso de la cantidad de confort que tenemos" y es posible que "nos hayamos llenado de demasiadas cosas accesorias que nos llevan en última instancia a enfermar por estrés, por soledad, por poca calidad de vínculos y por problemas derivados de economía, trabajos y quizás no gestionar tanto apretón de vida".
Los miembros de la tribu masái no conocen la depresión o el suicidio.
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Esta afirmación no solo explica la desconexión emocional, sino que también señala una de las principales raíces del problema: la incapacidad de gestionar el exceso que proporciona el primer mundo. La sobreabundancia de opciones genera ansiedad, y la presión por mantener un estatus social elevado añade una carga mental difícil de manejar.
Para Asensio, una de las situaciones más preocupantes es el aislamiento social: "La poca sensación de comunidad, de red de apoyo y de conexión con los otros". En contraste con la fuerte cohesión social de los masáis, las sociedades avanzadas priorizan el individualismo, debilitando los lazos humanos y aumentando la soledad crónica que pueden llevar a la depresión y, en casos más graves, al suicidio.
Sentido de comunidad y pertenencia
En la cultura masái viven en estrecha relación con sus familias y vecinos, tejiendo una red de apoyo mutuo que previene el aislamiento social. Cada individuo tiene un rol claro en la tribu, lo que genera una fuerte sensación de identidad y propósito. Esta cohesión social les brinda una estabilidad emocional envidiable.
La psicóloga, en cambio, señala que en las sociedades modernas "la poca sensación de pertenencia" es una de las principales causas de la crisis de salud mental. El individualismo ha ganado tanto terreno que ha eclipsado el sentido de pertenencia y la conexión con los demás. La búsqueda de independencia y éxito personal ha dejado de lado la importancia de formar parte de un grupo y de construir relaciones que sean realmente significativas.
Vivir en armonía con el entorno
Otro aspecto clave del bienestar masái es su conexión constante con la naturaleza. Pasan la mayor parte del tiempo al aire libre, en contacto directo con su entorno. Este estilo de vida alivia el estrés y promueve un equilibrio emocional que contrasta radicalmente con la sobreestimulación sensorial que se vive en las ciudades.
Aumentar la frecuencia en la que se realizan actividades al aire libre es una buena manera de empezar.
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Además, la ausencia de presión material contribuye a su estabilidad emocional. No existe la competencia por acumular bienes o alcanzar un estatus social superior. Viven con lo necesario, sin ansiedad económica ni estrés por el consumo, tal y como comenta Asensio. La simplicidad de su estilo de vida les permite centrarse en lo esencial: las relaciones humanas y su relación con la tierra.
¿Qué se puede aprender de los masáis?
No se trata de copiar su estilo de vida - algo que tampoco sería demasiado viable a efectos prácticos -, sino de reflexionar sobre algunos de sus principios y considerar cómo aplicarlos en contextos diferentes. Potenciar las redes de apoyo social y dar prioridad a las relaciones humanas puede contribuir a reducir el aislamiento emocional que predomina en muchas sociedades modernas.
Además, optar por un estilo de vida más sencillo y menos dependiente de bienes materiales puede aliviar la ansiedad económica y disminuir el estrés vinculado al estatus social. Otra opción es proponerse usar menos la tecnología con horarios fijos para el móvil y redes sociales, lo que permitirá dedicar tiempo a otras actividades.
Al final, la lección más importante es que tener más no siempre es sinónimo de vivir mejor. Quizás sea hora de replantearse las prioridades y recordar que, a veces, menos es más.