Si odias ir al gimnasio pero quieres mantenerte saludable, la neurocientífica Rachel Barr tiene la solución

El ejercicio es necesario y saludable. Eso no quiere decir que tengamos obligatoriamente que hacer una rutina de ejercicios. Al contrario, si no te gusta, puede ser perjudicial. Lo explica la neurocientífica Rachel Barr, que propone alternativas.

Pablo Cubí
Pablo Cubí del Amo

Periodista

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Con el inicio del año mucha gente se apuntó al gimnasio en otro buen intento de mejorar nuestro hábitos hacia una vida más saludable. ¿Cuántos habrán acabado desistiendo porque al final no veían el momento de ir?

Es normal. El ejercicio requiere esfuerzo y voluntad. Cuando no lo disfrutas es fácil que procrastines, que busques excusas y lo dejes para más adelante. Esto nos deja, entre otras cosas, una sensación de fracaso y de malestar, del deber no cumplido.

Pues esa línea de pensamiento es errónea, porque lo que te pasa es natural. “Nos cuesta mantener hábitos que odiamos. Así que, si odias ir al gimnasio, no vayas”, explica la neurocientífica británica Rachel Barr. Te quitarás presión, que no es nada saludable, y además hay alternativas más divertidas.

Por qué es perjudicial forzarse a ir al gimnasio

Ir al gimnasio no es malo. Al contrario. Si te gusta o te compensa la sensación de bienestar que consigues después del esfuerzo, ir dos o tres veces por semana es lo mejor que puedes hacer.

Otra cosa es que te fuerces a disgusto. Eso es lo que critica Barr, autora del libro “Hoy to make your brain your best friend” (Cómo convertir tu cerebro en tu mejor amigo). La neurocientífica apunta que muchas veces forzamos a nuestro cerebro para mantener el frenético ritmo que impulsa a la sociedad actual, algo para lo que no ha evolucionado. “Como resultado, las cifras de ansiedad y depresión no hacen más que incrementarse”.

Gimnasio descalzo

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Esta situación empeora por el hecho de que se nos educa para intentar sacar lo mejor de nosotros mismos. “Se nos asegura erróneamente que la perfección es el secreto para la felicidad”, dice la autora. “Si optimizamos cada centímetro de nosotros mismos seremos felices”.

Lo que nos rodea es un mercado, un mundo de consumo, disfrazado de ambiente social. Allá donde vamos, los grupos sociales con los que nos reunimos muchas veces están relacionados con esta búsqueda de la perfección. Nos ponen otra capa de presión. Y los gimnasios son un buen ejemplo de ello.

Las alternativas a ir al gimnasio

Rachel Barr analiza lo que realmente necesita nuestro cerebro. Para ello pide que retrocedamos al pasado, a cómo evolucionaron nuestros ancestros. “Cuando aparecimos los humanos, el cerebro no se inspiró en hacer deporte sino en hacer movimiento”, apunta. Eso no significa ejercicio físico estructurado, sino correr para escapar, saltar para cazar, etc.

La neurocientífica recuerda que lo que es saludable es que nos mantengamos activos y no nos pasemos el día sentados sin movernos. Eso se puede hacer de muchas maneras mucho más divertidas o que requieren menos esfuerzo.

“Puedes bailar en el salón con tu pareja, puedes jugar al escondite con tus compañeros o jugar en la calle o ir al parque con tus hijos o con tus amigos”, enumera.

Sus consejos van en consonancia con otros métodos que aconsejan mantenerse activo sin necesidad de hacer un ejercicio estructurado. Hay incluso un método de actividad física, el VILPA (siglas en inglés de Actividad Física Vigorosa Intermitente), que pregona realizar ejercicios breves de 4 minutos, que no dan pereza. La clave es que sean cortos pero muy intensos.

Las personas longevas no iban al gimnasio

Los deportes son una actividad física muy recomendable. No será aquí donde critiquemos a los deportistas. Sin embargo puede ser un arma de doble filo. Los cardiólogos han insistido que el deporte extremo, por ejemplo la afición actual por los maratones, puede acabar pasando factura a nuestro corazón.

La Organización Mundial de la Salud habla de hacer “actividades físicas moderadas”, como caminar o tareas cotidianas al menos durante 30 minutos al día. Hay muchas formas: subir escaleras en lugar de coger el ascensor, salir una parada antes del metro para caminar o, como dice la neurocientífica Barr, dejarte llevar por la música y dar saltos y bailar en casa.

Los expertos en longevidad han explicado que las personas de los lugares donde se vive más años suelen estar activas sin ser conscientes de ello. Son lugares con calles empinadas o con escaleras, que suben sin pensar que es ejercicio. O se dedican a la jardinería, que es otra tarea física que se hace con pasión y alegría.

La persona que hasta el año pasado era la más longeva del mundo, la española Maria Branyas, que llegó hasta los 117 años, señalaba que ella no había hecho deporte en su vida. Eso sí, mientras pudo fue muy activa.